FELIZ DE NO SER NADIE, NI SIQUIERA PARA DIOS

¿No te ha ocurrido alguna vez que tienes la sensación que sigues a Dios a ciegas?

Hay momentos de nuestra vida en los que nuestra fe permanece firme pero que creemos estar solos, sin Dios.

No me refiero a esos momentos en los que pedimos y pedimos y no encontramos la solución que nosotros queremos sin tener en cuenta lo que quiere Dios para nosotros. Me refiero a una sensación de caminar en soledad hacia Dios, atraído muy poderosamente por El, pero dándote la sensación que no lo sientes.

Hace unos días pude oír a alguien decir que una santa de nuestro tiempo, la Madre Teresa de Calcuta, pasó muchos momentos de su vida por situaciones parecidas. Sigue leyendo

San Sebastian. 20 de enero.

Sebastián, hijo de familia militar y noble, era oriundo de Narbona, pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera corte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el emperador, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Además, como buen cristiano, ejercitaba el apostolado entre sus compañeros, visitaba y alentaba a los cristianos encarcelados por causa de Cristo. Esta situación no podía durar mucho, y fue denunciado al emperador Maximino quien lo obligó a escoger entre ser su soldado o seguir a Jesucristo.

El santo escogió la milicia de Cristo; desairado el Emperador, lo amenazó de muerte, pero San Sebastián, convertido en soldado de Cristo por la confirmación, se mantuvo firme en su fe. Enfurecido Maximino, lo condenó a morir asaeteado: los soldados del emperador lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de saetas, dándolo por muerto. Sin embargo, sus amigos que estaban al acecho, se acercaron, y al verlo todavía con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana romana, llamada Irene, que lo mantuvo escondido en su casa y le curó las heridas hasta que quedó restablecido.

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