LA TÓRTOLA


Hoy, 2 de febrero es un día que se celebran muchas cosas al mismo tiempo.

El enunciado sería: Presentación de Jesús en el templo y purificación de la Virgen María, Fiesta de la Candelaria y Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Como diría el rechoncho Obelix, compañero de Asterix en sus desventuras con los romanos, ¡estos cristianos están locos!!.

Y es que cualquiera que vea que en un día celebramos 4 cosas, y hace nada que a la Navidad le añadimos por delante el Adviento y por detrás la Epifanía… en fin que parece que estamos todo el día de fiesta. La verdad es que es para estarlo. 

Pero vamos a darle un poco de sentido a todo lo de hoy. Son 4 cosas:

1. Purificación

2. Presentación

3. Luz. “Candelas”

4. Consagración

Todo. Todo lo que se celebra se saca como conclusión de la lectura de la Palabra que Dios nos pone a nuestra disposición en el Evangelio de hoy. Yo os la voy a contar a mi manera, pero si la queréis leer tal y como nos la relató Lucas, puedes leer pulsando este enlace.

Ocurre que además de la explicación de las 4 fiestas, en la Palabra de hoy, al menos para mí, hay otra lectura que os dejo para el final.

Bien, pues resulta que en Israel las madres primerizas tenían la buena costumbre de llevar al templo a su primogénito hijo para presentarlo, entregarlo al Señor. Esto lo tenían que hacer justo el día que cumplían la cuarentena y eso es hoy. Sí, hoy ya hace 40 días que te diste aquel atracón de cena que precedía a algo tan excelso como es el nacimiento del hijo de Dios.

Según la ley, cuando una madre se presentaba en el templo pasado ese tiempo se purificaba en la presencia del Señor. Aunque en el caso de María, al ser su hijo un varón, tuvo que permanecer luego 33 días más encerrada en casa, purificándose a través de la oración y la meditación. Esto nos vendría bien a más de uno.

Bueno a estas alturas ya tenemos dos motivos explicados. Purificación  y Presentación.

Continuamos…

Aparece en nuestra historia un señor llamado Simeón, que no era ni levita, ni escriba, ni doctor de la Ley, tan sólo es un hombre «justo y piadoso que esperaba la consolación de Israel» (Lc 2,25). Con este buen señor el Espíritu Santo había hecho un buen trabajo y él afirmaba que «le había sido revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2,26). El era el encargado de recibir a las madres que acudían al templo ansiosas de entregar su recién nacido a Dios.

Cuando  Simeón vio a María atravesando el pasillo de aquel templo con el hijo de Dios en brazos se le cambió la cara, vio la luz, la luz de Cristo«la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).  Es este el origen de la celebración de esta fiesta, acoger la luz de Cristo.

Sostuvo al niño de 40 días en sus brazos y,  aunque el evangelista lo cuenta mejor, aquí uso mis propias palabras para contar que Simeón exclamó mas o menos esto: “Este es el hijo de Dios, lo tengo claro. Será como una bandera para un ejército. Los que están con él la llevarán siempre por delante, será su santo y seña. Los que están contra él, no cejarán en su empeño de romper el mástil. Y esto a su madre le va a partir el corazón“.

La vida consagrada, que es el cuarto motivo por el que hoy es especial, es la del propio Cristo niño que fue entregado por sus padres para que Dios lo acogiese. Una vida puesta en su manos para que El la moldee.

Pero en toda esta historia aún no he mencionado a quién me gustaría a mí parecerme. Porque si nos preguntan nuestra interpretación sobre esta Palabra, a lo mejor decimos que nos gustaría ser Simeón, por ejemplo, para ver la luz de Cristo y que nos ilumine. Seguramente pediríamos por ello.

A lo mejor pedimos ser como ese niño que consagra su vida a Dios. O siquiera ser el bebé en brazos de María, ¡quién pudiera!.

Casi todas las interpretaciones que he oído y leído de esta Palabra van para pedir ser o pedir tener algo de los protagonistas de esta escena, de pedir para nosotros. Es lógico, somos humanos y la protección de Dios disimula nuestras debilidades.

Pero aún me queda un personaje de este cuento que no he nombrado: LA TÓRTOLA

No había hablado de este pequeño detalle. Para poder entregar a tu hijo en el templo, había algo imprescindible, los padres debían usar una ofrenda, un cordero los más pudientes y en su defecto, una tórtola o una paloma.

Yo entiendo que esa tórtola es un elemento imprescindible, en ese momento, para llegar a la casa Dios. Pues pese a parecer insignificante, sin ofrendas no entrabas al templo.

Es un elemento necesario para entrar en su casa y también para el que está en espera, Simeón, pueda llegar a verlo.

¿Y si pedimos ser tórtolas? ¿Ser nosotros ese medio aparentemente desapercibido que Dios usa para  llegar a otras personas o para que otras personas que lo esperan puedan llegar a verlo?, ¿ser esa moneda de cambio, insignificante pero imprescindible para que otros vean a Cristo?.

Esta debería ser la misión acuñada en el interior de los que quieren consagrar su vida a Dios. Ser transmisores de su gracia. Y para estar consagrados no es necesario portar un hábito, porque para tener una vida entregada a Dios por esta causa basta ser un personaje anónimo como las aves de esta historia, no necesariamente el cordero de los pudientes, pero entregados a una causa que, a mi entender, no debería ser otra que facilitar el camino a Dios.

En esta historia las tórtolas son las que mejor escaparon: pasaron por las manos de José y María, estuvieron junto a Cristo, las acogió el que espera lleno del Espíritu Santo y llegaron a Dios como ofrenda.

Es el desprendimiento, el no querer ser más que un actor secundario que no deja de estar en ninguna escena aún sin díálogos, lo que  nos hará estar en los créditos finales de esta película, la película de nuestra vida con Dios.

Disculpas por la extensión de este artículo, pero es que cuatro fiestas dan para mucho.

Termino con esta jaculatoria para tórtolas:

Cambia mi corazón y hazlo generoso, amable y lleno de bondad. Descienda sobre mi el espíritu de las bienaventuranzas para que pueda gustar y buscar a Dios todos los días, viviendo con alegría mi ser cristiano, junto a los demás, con mi familia y con mi comunidad.

Lázaro Hades

5 comentarios

  1. Perfectamente explicado y la jaculatoria para tórtolas…preciosa 😀

    Cada día mas contenta estoy de haber conocido tan Santo blog.

    Un cariñoso saludo desde una Euskadi cubierta de nieve 😀

  2. En el cuerpo humano está el corazón,el cerebro…muchos órganos muy vitales e importantes,y otros menos vitales,pero no dejan de ser importantes.En una empresa también nos encontramos desde el director a la limpiadora,que si falta dos días !Vaya si lo notamos! Pues yo creo,que en el cuerpo místico que formamos todos tenemos nuestro sitio y nuestra misión,tiene que haber de todo,lo importante es saber qué tengo que hacer yo,y cuál es mi papel.Florecer donde nos planten.

  3. Ya puedes ponerte a escribir un libro que explique las fiestas litúrgicas, porque una exposición como la que has hecho hoy, te lo dejan clarito clarito. ¡Cambia mi corazón!… ¡Qué hermoso cuando se siente la necesidad de pedirlo!
    Pues un abrazo desde mi ciudad que ha amanecido blanca blanca, ¡está nevando!

  4. La oracion del final me la aplico enterita…y estupenda la explicacion de esta Fiesta de Hoy…..me ha encantado.

  5. Lázaro, también a mi me gustaría ser tórtola o lámpara para dejarme iluminar y al mismo tiempo iluminar con la LUZ que recibimos del “SOL que nace de lo alto”. Se nos invita a poner a la lámpara en nuestro corazón, para que brille para nosotros mismos; en nuestras manos, para que nuestras obras lleguen a los demas; y en nuestra boca, para las palabras que salgan de ella, edifiquen.
    Nuestra lámpara, ( nuestra vida) delante de Dios, debe tener la firme decisión de dar gusto únicamente a aquel ante el cual hemos encotrado gracia.

    Si nos acercamos a la LUZ, quedaremos iluminados y nuestra pequeña lámpara será portadora de esa misma Luz

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