¿CÓMO EXPLICAR A UN NIÑO TEMAS DIFÍCILES?: La pobreza y la riqueza.


LA POBREZA Y LA RIQUEZA

Continuamos con la esta serie de ideas para poder dar a entender temas complicados a niños pequeños.

Argumentos extraídos de la web encuentra.com,  que sirven para poder dar respuestas a preguntas como esta:

“¿Por qué hay niños que no tienen qué comer y otros, que hasta rechazan la comida?”

Los bienes de la tierra como todo lo que está al alcance del hombre, pueden ser bien o mal usados.

El hombre necesita de las cosas materiales porque en sí mismas son un bien que le permite vivir.

El hombre tiene derecho a un mínimo bienestar para él y su familia y, lamentablemente, existen muchas personas que no lo tienen.

¿Por qué? Porque el hombre puede caer en un uso egoísta de los bienes, dejarse invadir por un deseo de tener y tener más, descuidando el bienestar ajeno.

Así surgen las desigualdades sociales que son un gran mal para la convivencia de los hombres, porque generan resentimientos, guerras y dolor.

La frase “pobres han existido siempre” no vale como justificativo para cruzarse de brazos, aunque también es ilusorio pretender una igualdad absoluta: hay personas que como fruto de su esfuerzo lograrán más que quien se “duerme en los laureles“.

Es indispensable que los adolescentes lo sepan para que en su natural afán de corregir el mal no caigan en la condena rápida de los que tienen más. Si bien hay personas que se han enriquecido de mala manera, hay muchas más personas que han creado y siguen creando fuentes de trabajo para los demás pagando sueldos justos y preocupándose del bienestar de quienes trabajan bajo su jerarquía.

El hijo está en edad de entender la pobreza como una responsabilidad personal y no sólo como responsabilidad de un tipo de gobierno o de las instituciones de beneficencia.

Al niño hay que educarlo desde pequeño para que no se amarre a las cosas materiales, para que no mire con envidia, codicia o desprecio al del lado.

Si desde pequeño aprende a amar la sobriedad y el desprendimiento, entenderá en el futuro que su trabajo es la mejor forma de contribuir al mejoramiento material de la vida de sus semejantes.

El afán de riqueza daña desde dos ángulos: hace esclavo de lo material y por lo tanto, quita libertad; en segundo lugar, priva de la alegría de compartir.

El dinero debe ser usado con mucho respeto, jamás derrochado y siempre bien empleado porque representa el trabajo del hombre.

Como complemento a la explicación “para niños” quiero añadir hoy la reflexión sobre un Evangelio muy especial para mí y que considero muy apropiado hoy exponerlo con este desarrollo que hizo el parroco José Antonio Pagola en el blog de la Parroquia de San Vicente Mártir de Bilbao. 

NO IGNORAR AL QUE SUFRE: 

El contraste entre los dos protagonistas de esta parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».

Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

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