A POR EL VIÑADOR DE HOY… CONFIADOS


 

Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo

para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña

(Mc 12,1-12)

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Hoy Jesús vuelve a traernos el Evangelio de los viñadores homicidas. Puedes leerlo pulsando aquí.

No hace mucho que hablamos de esta parábola. En aquella ocasión la tomé con los viñadores (pulsando aquí puedes leer la entrada titulada “Matar al dueño o a su hijo“)

Hoy Dios me ha vuelto a decir otra cosa diferente con esta lectura. Es lo que tiene su Palabra, que cada vez que la oyes te dice algo apropiado al momento que estás viviendo.

En días atrás he vivido situaciones que seguro que un cristiano como tú ha experimentado en alguna ocasión. Son esas en las que te toca hablar de Dios en un foro en el que no esperabas hacerlo o porque alguien te pregunta. Como no, el Señor como siempre con sutileza, hoy nos ayuda a entender cuál nuestra misión en estos casos.

Antes de continuar conviene recordar significado de esta parábola.

Jesús está hablando ante la “cream de la cream” de aquella época, algo así como si se tratase de una de esas reuniones del “G8” en las que se reúnen los presidentes de las grandes paises del mundo a planificar el futuro (como si estuviera en sus manos) y de buenas a primeras se les presenta alguien en la reunión que comienza a decirles lo que están haciendo mal de una forma muy clarita.

Cristo les puso un ejemplo en el que la viña de la que hablaba no era más que el mundo que su Padre (ya autoproclamarse Hijo de Dios les puso los pelos de punta al auditorio) había creado y que puso en manos de unos viñadores (los hombres) que llegaron allí con una mano delante y otra detrás (como todos nosotros), ósea sin dios que les sostuviese, y que enseguida se creyeron que la viña era de ellos (lo dicho, como todos nosotros).

El Señor explicaba que en la medida que enviaba a los profetas que a lo largo del tiempo le precedieron, en la parábola los criados enviados por el dueño de la finca, los arrendadores veían que lo fácil era ir matándolos uno a uno, creyendo que la rabia se acababa matando al perro.

El amo de la viña no tuvo otra que enviar a su propio hijo.  -A este no lo matarán-, pensaba el confiado dueño. Y Jesús, el enviado, se adelantaba a los acontecimientos advirtiendo que Él, el que vino personalmente a compartir con nosotros esos frutos, también tendría que ser sacrificado, en el caso de este cuento, por esos sanguinarios campesinos.

Pues con todo y con eso, en nuestros días aún seguimos igual. Pensamos que esta viña es nuestra y que aquí nadie puede venir a pedirnos cuentas.

Pero eso sí, si a nuestra viña le falta agua para regarla, ¿a quién echamos mano?: al amo de la finca.

El caso es que en días atrás me he sentido uno de esos criados que tenía que pasarse por la viña.

En conversaciones cotidianas me cuido de dejar solo pinceladas de mi fe para evitar “no rallar” (como diría mi hija adolescente) con mi discurso, tratando de que si sale algo de mi boca con matiz cristiano, sea algo que mejore mi silencio.

Creo que no somos nosotros los que tenemos que ir por ahí buscando las situaciones para desarrollar nuestro discurso y explicar nuestra fe. Es Dios quien decide cuando nos envía a la viña.

Y cuando te pone en ello, más de una vez, por no decir casi siempre, sales como los criados de la parábola de hoy.

Apenas nombras un poco a Dios y tu interlocutor se echa para atrás en su sillón, que según dicen es tomar una postura defensiva. Con mis ejemplos habituales trato de explicar porqué los acontecimientos con los que nos habla el Señor son de una u otra forma, pero lo más fácil es que tu compañero de mesa adopte precauciones antes de acabar matándote.

Vas y vienes con tus ejemplos, mientras apuras tu cervecita sentado en una terraza con ese arrendador de viñas que te ha tocado visitar y este te da largas. E insisto, y me atrevo a aconsejarte, no has de usar nunca un discurso de vendedor, de querer convencer, cuando hablas del Señor en conversaciones de este tipo, es mejor hablar siempre desde la postura que te da tu propia experiencia vivida. Sin elevarse, todo lo contrario, como si el Señor estuviese sentado contigo compartiendo esas cañas.

Aún así, te van a dar largas una y otra vez. Y tu sientes que el Señor te vuelve a sacar el tema de conversación (te vuelve a enviar en busca de los viñadores) otra vez y tú solo puede acogerte al aplomo que te da sentirte en sus manos.

“Dios mio, confío en ti”, dice el salmo responsorial del día de hoy. Este es de esos claritos, de los que no se te olvidan a la tercera vez que tienes que repetirlo en la misa. No hay otra, trabajarnos para creernos que es así. Pedirle a Dios que de verdad, y no “de boquilla”, confiemos en Él.

Con esa confianza podremos ir una y otra vez en busca de los viñadores aunque los veamos con la espada entre los dientes esperándonos. Estoy seguro, la experiencia me lo ha demostrado, que el Señor no nos manda en busca de ellos para que volvamos de vuelta con las llaves de la finca.

Es otro el cometido, Dios cuando nos envía sabe que igual no cobramos, pero obtendremos un fruto mayor que el que pensamos.

Cuando Dios nos envíe a por el viñador de hoy no lo hará para que encuentres el fruto en la viña que tú crees, sino que será en ti en quién vaya brotando esa semilla.

Más importante que lo que haga un cristiano es lo que Dios haga por ese cristiano. (Fil 1.6)

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Lázaro Hades.

Una respuesta

  1. Gracias Lázaro por enseñarnos tan bellas lecciones.

    Un cariñoso saludo 🙂

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