¿HERMANO MENOR O HERMANO MAYOR?


¡Que levante la mano quien conozca esta historia!: 

(…) Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde (…)  se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado (…) volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre (…). Cuando todavía estaba lejos, su padre le vio y tuvo compasión. Corrió y se echó sobre su cuello, y le besó (…) mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron a regocijarse (…)

…y que “levante la mano” quien conozca la segunda parte de la historia…

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino, se acercó a la casa y oyó la música y las danzas(…) preguntó qué era aquello.

“Tu hermano ha venido, y tu padre ha mandado matar el ternero engordado, por haberle recibido sano y salvo.”

Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió, pues, su padre y le rogaba que entrase.

Pero respondiendo él dijo a su padre: “He aquí, tantos años te sirvo, y jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos”.

Pero cuando vino éste tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado.”

Entonces su padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Pero era necesario alegrarnos y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.”

Y tú quién eres, ¿el hermano menor o el mayor?

Hoy rescatamos la parábola del hijo pródigo, que seguro que está entre las hojas más desgastadas de cualquier biblia que se precie.

Y no referiremos en esta ocasión solo al protagonista que da título a la historia, también su hermano mayor viene hoy a enseñarnos algo.

Para ello vamos a comenzar por ponernos en una situación que con seguridad hemos vivido cuando hemos estado en misa.  

Vamos a recordar las personas que en alguna ocasión han coincidido con nosotros en la eucaristía.

No debe ser muy difícil recordar… entre domingos y algún día de diario hemos visto a…

…Aquella señora mayor que estaba sola, aquel matrimonio que llevan toda la vida juntos en misa, las dos señoras de pelo blanco de la fila de atrás, las dos madres de la primera fila que acaban de dejar a los niños en el cole, las cuatro abuelas que no dejaron de hablar durante toda la misa, la que siempre llega tarde, ese señor recién jubilado que ayuda en la parroquia y que nunca falta, esas señoras que aún ocupan el espacio del coro cantando con devoción como cuando eran niñas, … ah, si, y aquellos padres jóvenes con su hijos, sobre todo la pequeña que no dejó de molestar. También fue, como siempre, ese pobre hombre que vive solo y va con ese aspecto desaliñado. No se me puede olvidar las vecinas pensionistas del cuarto que casi siempre vienen. Y esa mujer, que a duras penas se mantiene de pie apoyándose en su bastón…y las dos monjas… y …

¿Recuerdas haber visto a alguno de ellos?

Pues además había otro, muy concentrado, respondía en voz más alta que la media cada vez que tocaba, se levantaba aun cuando todos permanecían de pie, comulgó con una enorme reverencia… y al final de la misa, me llamó para hablar conmigo.

“¿Te has fijado?, ¿has visto el comportamiento?¿te das cuenta que la gente no sabe cómo debe actuar cuando acude a misa?”

“¿Sí?” -respondo sorprendido y sin poder disimilar la timidez – “Es como yo soy aprendiz de cristiano, aun no se muy bien cómo va esto… no se yo….”

Acto seguido, comenzó a enumerarme su sentencia: “… Las señoras no paran de hablar, no están atentas a la homilía, no saben cuándo hay que levantarse, en el momento de dar la paz montan una fiesta, la que llega tarde ha comulgado como si nada, cuando todos se han levantado tras la consagración la abuela  y aquella que es tan pía, siguen arrodilladas, ¡qué antiguas!, no inclinan la cabeza cuando deben hacerlo, no se golpean en el pecho cuando pronunciamos por mi culpa, por mi culpa…”

“Ya, ya, por mi culpa, si por mi culpa…” dije alejándome disimuladamente…“Menudo repaso…

A lo mejor has vivido una situación similar en alguna ocasión. Hoy lo he exagerado un poco para entenderlo.

Ocurre que a veces nos paramos a juzgar el comportamiento de los demás cuando acuden a misa como si tuviésemos algún derecho a hacer este tipo de valoraciones.

Si somos el hijo menor de esta historia, no importa porqué volvemos o porqué vamos a misa. Creo que Dios no se para a cuestionar el porqué, ni el cómo vamos, sino que su única preocupación es ver los que han ido para ver cuánto ternero tiene que meter en el horno. El entrega el cuerpo de su Hijo generosamente regocijado por el reencuentro cada vez que lo visitamos.

Con frecuencia me llegan comentarios a propósito del comportamiento o del canon a seguir a la hora de levantarse, ponerse de pie, contestar de una u otra forma… olvidándonos del propósito que nos ha llevado hasta allí que no es otro que volver cual hijo menor a la casa del padre. Para mi, ese es el el único cometido.

Se trata de evitar adoptar la postura del hijo mayor, esa que se nos cuenta en la parábola del hijo pródigo, cuya historia no termina cuando el hijo vuelve a casa. La segunda lección nos la da Jesús cuando nos muestra esa actitud del hijo que se creía mejor porque cumplía los preceptos del padre a rajatabla, que se consideraba con el derecho a cuestionar que el padre abriera los brazos al hijo que recogía con el zurrón lleno de pecados. Y resulta que eso de acoger, es la especialidad de Dios.

Creo que es bueno tomar la enseñanza que se nos muestra a través de esa figura del mayor de los vástagos de este cuento para evitar convertirnos en “jueces de tienda artículos de ocasión asiáticos”, es decir, una especie de imitación de magistrados portadores de  toga y  mazo que nos habilitan para enjuiciar el comportamiento de otros, solo porque nos creamos que somos los más cumplidores por el hecho de estar siempre al lado de Dios.

Todos entramos a la casa de Dios por la misma puerta, la del corazón. Y no importa la frecuencia tanto como la intención.

Quizá será mejor un mayor recogimiento en los momentos que acudimos a una eucaristía y nos encontramos con comportamientos que consideramos que no son los que mandan los cánones.

Quién somos nosotros para cuestionar los que van a la casa del Padre, sino el Padre.

En esta historia, no me quiero identificar con el hermano mayor. Le pido a Dios que me ayude a no juzgar.

Lázaro Hades

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