LA VIDA SERÍA MÁS LLEVADERA SI DISPUSIÉRAMOS DE UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


Hoy, relacionándolo de alguna forma con mi artículo de ayer a propósito de perdonar, quiero compartir contigo este interesante escrito que lleva a una profunda reflexión sobre nuestro comportamiento.

En una de sus cartas, el escritor Miguel Delibes, tras morir su mujer, escribía:

La vida sería más llevadera si dispusiéramos de una segunda oportunidad. Durante el semestre que pasamos en Whashington, en casa de unos amigos, yo comía poco y enflaquecía. No me adaptaba a la comida ni al horario americanos, y tu madre, que conocía mi aprensión, me metía el botón del cuello de la camisa cada cierto tiempo, para que no lo advirtiera. Te parecerá cómico, pero en la clínica (mientras acompañaba a su mujer enferma) no lograba arrancar ese recuerdo de mi cabeza. ¿Cómo no valoré antes este detalle?

Cuando las cosas de este tenor se están produciendo no les das importancia, las consideras normales. Incluso te parece ridículo el reconocimiento ante los allegados. Pero un día falta ella, se hace imposible agradecerle que te metiese el botón de la camisa y, súbitamente, su atención deja de parecerte superflua para convertirse en algo importante. En la vida has ido consiguiendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir has fracasado (…)

Es algo que suele suceder con los muertos: lamentar no haberles dicho a tiempo cuánto les amabas, lo necesarios que te eran. Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales.

Ensimismado en su tarea, uno cree, sobre todo si es artista, que los demás le deben acatamiento, se erige en ombligo del mundo y desestima la contribución ajena. Pero, un día adviertes que aquel que te ayudó a ser quien eres se ha ido de tu lado y, entonces, te dueles inútilmente de tu ingratitud

Efectivamente: fallar en lo esencial es fracasar.

¿Qué es lo esencial? Cuidar los amores, amar-amar-y-amar, ser cariñoso, fomentar lo que une y se intransigente con lo que desune, decir la verdad por amor, exigir porque se ama al otro, pensar en hacer feliz al otro más que en examinar si el otro me llena o no me llena.

En un master dirigido a altos directivos de empresa, el profesor recurría a esta imagen:

En la vida actuamos como un malabarista que juega con cuatro bolas en el aire casi simultáneamente. Tres bolas son de madera y una de cristal.

Continuamente las tiene en movimiento. Es muy probable que de vez en cuando tenga un fallo y una de las bolas caiga al suelo. Si cae una de madera, el espectáculo podrá seguir: se recoge y vuelta a empezar. Ahora bien, si la que cae es la de cristal… el fallo es irreversible.

Pues bien: la familia, el amor… es la bola de cristal. Las otras -el trabajo, la salud, el dinero- pueden fallar, pero la familia, no.

Cuidar los amores, ser agradecidos, valorar las tonterías... es proteger la bola de cristal y acertar en lo esencial. Así no nos equivocaremos.

Dios mio, que aproveche la vida para agradecer siempre a los demás cada cosa que hagan por mí: que dé las gracias. A mis padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo… a todos. Que cuide los amores, que sepa valorarles, que noten mi cariño mientras vivan. Que no necesite que falten para descubrir que son buenos…

Texto extraído del ejemplar del mes de noviembre de la serie “Manglanitos” de José Pedro Manglano.

Una respuesta

  1. !Cuánta razón! Muy bonito.

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