SANTA MARÍA REINA. 22 de agosto.


Santa María Reina

Triunfo final de una vida totalmente consagrada al Amor. Victoria definitiva que resonará para siempre con ecos de eternidad… “María, nuestra Reina, está en pie a la derecha de Cristo, enjoyada de oro, vestida de perlas y brocado”, cantaremos con el salmo 45 en la antífona liminal de la Misa.

Invocaciones que se hacen clamores de triunfo

Reinas amadas oyeron ovaciones estruendosas en la tierra… María, ¡es tantas veces Reina…! Reina de Ángeles, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores, Vírgenes… ¡Reina de Todos los Santos!

Esas cortes todas la aclaman sin cesar… Las letanías de la Virgen dejan de ser invocaciones suplicantes para hacerse en el cielo clamores de triunfo. Madre del Salvador, Virgen Poderosa, Espejo de justicia, Rosa mística… Resuena el Ave María. ¡Dios te salve, llena de gracia…! El final se ha suprimido para siempre, porque en la gloria ya no hay “pecadores” y “la hora de la muerte” pasó ya.

Sinfonía de luces y colores

Dios Padre recibe a Su hija. Dios Espíritu Santo acoge a Su esposa. Dios Hijo dice “ven Madre Mía”. Niño era, y me alimentabas y vestías… Tuve hambre y me diste de comer. Sed y la apagaste. Después vinieron treinta años de Vida Oculta en Nazaret, la Vida Pública, la Cruz… Para ti, como para Mí, no faltaron penalidades para así entrar en la gloria del Padre.

Frescos de Fra Angélico, cuadros de Velázquez, pintura y arte de todos los siglos… En sinfonía de líneas y colores, cantan la gloria de eternidad que nimba a la Virgen.

Grandioso besamanos

Triple diadema va a ceñir Tu frente Inmaculada. Eres la más pura de las vírgenes y la más fecunda de las madres… El Padre se acerca y deposita en tus sienes alabastrinas la corona del Poder. Su Hijo Divino, coloca la corona de la Sabiduría. El Espíritu Santo te ciñe con la corona del Amor.

María, como el día de la Anunciación, pretende ocultarse. Se humilla, baja la cabeza, junta sus manos sobre el pecho. Repite como en Nazaret, “aquí la esclava del Señor…”.

Quiere desaparecer en Dios. Pero ahora se inicia un grandioso besamanos, un acto de pleitesía en honor de la Reina. Van desfilando Ángeles, Arcángeles, Querubines, Serafines… Entonan prefacio prolongado de alabanzas y parabienes a la Virgen.

Todos vuelven a sus sitiales. Gabriel entona un cántico sublime. Repite las palabras benditas “Dios te salve, María”. Todos los coros angélicos se suman a la triunfal ovación. Van desgranando las palabras dulcísimas que siguen…

Éxtasis de humildad en apoteosis de triunfo

Ahora se entreabre el cielo… Los desterrados de la tierra perciben a lo lejos la sinfonía suavísima de un rumor que se hace imponente. Enajenada de amor y gratitud a María, la Iglesia peregrina y crucificada se agrega jubilosa al coro de la gloria. Llenos de ilusión y esperanza, exclaman. “Los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, en Ti confiamos… Muéstranos a Jesús después de este destierro… Ruega por nosotros…”.

Cesan los cánticos y la Virgen tararea rebosando gratitud estrofas de su himno predilecto. “Glorifica mi alma al Señor y salta de gozo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso”. Es el éxtasis de la humildad en la apoteosis del triunfo.

“Una señal… dispensadora de todas las gracias”

Gema Galgani tiene una aparición. “Inmensa es la gloria, nos dice, que Jesucristo comunica a Su Madre y mi Madre… Es tan hermosa que no puede decirse… Lleva la corona del santo amor cuya base es de oro fulgidísimo ardiendo en llamas. En la corona, piedras preciosas que simbolizan todas las virtudes… Tenía una señal que significaba era dispensadora de todas las gracias”.

Confianza, confianza, sin límites. Es la cajera de todas las gracias para los hombres pero más para los cristianos. Tesorera universal, llenos de ilusión alcanzaremos en la Misa por tus súplicas, el regalo de los regalos, la gracia de las gracias. “¡Dios Todopoderoso que nos das como Madre y Reina, a la Madre de Tu Unigénito! Te pedimos por su mediación, alcanzar la gloria de Tus hijos en el Reino de los cielos” (orac. col.).

“Hijo ¿te has hecho daño?…”

Confianza pues María es todopoderosa ante Dios, pero sobre todo ¡es tan bondadosa! Alguien idolatraba a su madre de la tierra. Solía añadir al “Santa María, Madre de Dios…” y “Madre mía”. Cuando murió su madre sintió paz y consuelo tan enorme que decía no sentir la orfandad.

Sta. Teresa a los trece pierde a Beatriz, su madre. Después de las exequias llora inconsolable. Huye de su casa al Hospicio de S. Lázaro próximo a la puerta del Adaja. Ante la imagen de la Virgen de la Caridad, alumbrada a la luz vacilante de cirios votivos, le dice: “Ahora debéis Vos ser mi Madre”.

Una leyenda cuenta que un joven enamorado de una que tenía celos de su madre, le exigió la matase y le trajese su corazón. Va corriendo a llevárselo, pero tropieza y cae. Sale despedido el corazón de su madre. Al recogerlo y tomarlo en sus manos, le dice: “Hijo, ¿te has hecho daño?” Leyenda o historia, no importa. Pero así es el Corazón de la Virgen con nosotros… Nos pregunta lo mismo… y alcanza perdón para nosotros.

“Poco durará la batalla, pero…”

Jesús subió al cielo el día de la Ascensión. María elevada a la gloria en su Asunción. Nosotros entraremos también el día de nuestro triunfo. Pensamos muy poco en esta recompensa eterna. El Evangelio para algunos es un quitalegrías. Acervo de múltiples prohibiciones que hipotecan la libertad.

Muchos más bríos sentiríamos al pensar en la felicidad futura para conformarnos con la voluntad de Dios Padre… Miremos no sólo el camino, sino la meta final. La ruta es pedregosa y empinada, pero el fin es esplendoroso. “Poco durará la batalla, pero el fin es eterno… Allí todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nonada en comparación de lo que se goza” (Sta. Teresa).

“Veo siempre un cachito…”

“Canta y camina” (S. Agustín). En el cielo está preparado tu trono. La palma está a punto. Un poco de paciencia todavía… Llegaremos al tránsito definitivo como hemos llegado al fin de tal año, que nos parecía tan largo. Salvaremos la última etapa como tantas otras dejadas atrás…

Pasará la gran tribulación de la tierra (cf. Ap 7,14). Este mundo de dolores y muerte dará paso a un universo nuevo. “Nuevos cielos, nueva tierra” (2 Pe 3,13), en que Dios “será Todo en todos” (cf. 1 Cor 15,28).

Una enferma llevaba muchos años paralítica sin poder salir del lecho. Alguien le pregunta que si no está nunca triste. Replica “no”. Añade el motivo. “Por esa lucera veo siempre un cachito del gran cielo azul”. Los cristianos también levantan su mirada al gran cielo azul. Tienen no sólo conformidad en el dolor, sino la alegría expansiva del Evangelio con horizonte de Familia Eterna.

“¿Cómo iba a morir Aquélla de la que nació la Vida…?

El creyente en la tierra vive ya en el paraíso si deja que Dios haga Su voluntad en él. Si protesta o ambiciona hacer algo distinto, tiene infierno o purgatorio dentro. “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2,17), pero desde ahora es feliz.

Serenidad de un atardecer. Mónica y Agustín contemplan el cielo en Ostia. Años más tarde al terminar La Ciudad de Dios, el santo escribe. “Allí descansaremos y veremos. Veremos y amaremos. Amaremos y alabaremos. Esto es lo que será al fin y sin fin”.

Canta mientras caminas, mirando a María… “Hoy, la Virgen Inmaculada, limpia de todo afecto de tierra, llena de pensamientos de cielo, no volvió a la tierra. Siendo ya un cielo animado aquí, es llevada a los celestiales tabernáculos… ¿Cómo iba a morir Aquélla de la que nació la Vida para todos? ¿Cómo iba a corromperse el cuerpo que albergó la Vida? Cristo, Verdad y Vida, dijo: Donde Yo estoy, allí estará Mi servidor. Luego, con mayor razón, la Virgen tenía que estar donde Él estuviese” (S. J. Damasceno).

“Desear más pasar grandes trabajos…”

El creyente querría tener la suerte de Sta. Teresa. “Un día de la Asunción de la Reina de los Ángeles y Señora Nuestra, estando en oración, se me representó la subida al cielo, la alegría y solemnidad con que fue recibida, el lugar donde está… Decir como fue esto, yo no sabría. Fue grandísima la gloria que mi espíritu tuvo en ver esto… Me aprovechó para desear más pasar grandes trabajos. Quedóme tan gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció…” (Vida 39,36).

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