SAN PÍO X. 21 de agosto.


San Pío X

“Lo más extraordinario de esta alma es su prodigiosa sencillez”, dijo S. Pío X de Sta. Teresa del Niño Jesús. La “prodigiosa sencillez” es precisamente lo que más destaca en la vida del Papa Sarto.

Pío X fue siempre, en sus costumbres, el hijo de aquellos aldeanos del Véneto, feudo en su niñez del Imperio austríaco. Bastaba mirarles para comprender que la tiara le pesaba en la frente y el manto de oro en los hombros.

En su vida privada, a lo largo de once años de pontificado, nada suntuoso, nada de ceremonias, nada de honores áulicos. Se le oía repetir a los que le atendían: “No quiero que nadie esté violento conmigo. Cada uno debe hacer todo con naturalidad, como si estuviese en su casa”.

Conversaba con sencillez, y bromeaba con los ayudantes y jardineros, interesándose por su salud y la de sus familiares. Si alguien le decía que se rebajaba demasiado con los inferiores, contestaba: “Falta saber quienes son los inferiores, ellos o nosotros, pues según los juicios de Dios, el mundo es al revés de como nosotros lo vemos”.

Familia aldeana

El 2 de junio de 1835 nace en una aldea, Riese, enclavada en la vieja Marca Trevisana. Sus padres, Juan Bautista Sarto y Margarita Sanson, eran cristianos de viejo cuño. Dos corazones puros que, en silenciosa aceptación –día a día– de la voluntad de Dios, sentían la responsabilidad de sus deberes, sin envidiar a nadie.

Juan Bautista era el alguacil del ayuntamiento de Riese, encargado de su limpieza y de cumplir los encargos del alcalde. Ganaba sólo setenta y cinco céntimos al día. Recorría a diario los catorce kilómetros que separan Riese de Castelfranco, trayendo y llevando cartas.

Un matrimonio muy pobre, pero lleno de fe. Una vieja casuca y algún mísero pedazo de tierra eran todo su patrimonio. Tuvieron diez hijos, y José fue el mayor de los que sobrevivieron.

La Virgen de las Cendriolas

Muy niño, apenas tenía seis años, empezó a aprender los secretos de las letras. “Era el mejor de la escuela –recordaba un compañero–. Cuando el maestro tenía que ausentarse, le dejaba como sustituto”.

Tito Fusarini, el párroco, para captar la atención de los niños, les dijo: “Regalaré una manzana a quien sepa decirme dónde está Dios”. Beppo se levanta rápido: “¡Y yo le regalaré dos, si sabe indicarme dónde no está Dios!” La pronta ocurrencia enmudece al párroco, quien dice de José: “No sabéis lo que vale el pequeño Sarto. Tiene una inteligencia que es un encanto”.

Genio vivo, pletórico de vitalidad, siente gran veneración por el santuario de la Virgen de las Cendriolas. Era una ermita blanca y pequeña en las afueras del pueblo destacando en el verdor de los prados. Arrastraba allí a sus compañeros invitándoles a rezar a María. En el regazo de su piadosa madre había aprendido a amarla.

La venerada imagen de la Virgen Santa iluminará toda su vida. “Un sagrario, un altar, una imagen que he tenido siempre ante los ojos, desde los años de mi juventud”, nos recuerda siendo obispo de Mantua.

A los dos meses de elegido papa se apresura a abandonar en el corazón de la Virgen sus ansias e inquietudes, y anuncia en su encíclica–programa que la elige Patrona y Reina de su pontificado.

“Quiero ser sacerdote”

Un día el hijo del pobre alguacil se confía tímidamente a su madre. “Mamá, quiero ser sacerdote”, le dijo.

¡Sueño quimérico! Juan Bautista se mata a trabajar a cambio de un mezquino jornal. Margarita, para sacar adelante la familia que empieza a crecer, se ve obligada a trabajar como costurera sin momento de reposo.

Dios, que nunca pone en el alma deseos imposibles, se encarga de convertir en realidad el ardiente anhelo de Beppo. Fusarini le enseña latines, y le proporciona una beca en el gimnasio de Castelfranco.

Preludio de una vida

El santo troquelado en la austeridad de una familia pobre, entona ahora el preludio de una vida de privaciones. Tiene once años, y durante cuatro –desde el otoño de 1846 hasta el verano de 1850– recorrerá diariamente a pie los catorce kilómetros, ida y vuelta, que separan Riese de Castelfranco.

Las estrellas lucen aún en el firmamento, cuando Beppo sale de casa. Vestía pobremente, y en el zurrón de libros y cuadernos que colgaba de su hombro izquierdo, se veía asomar un pan o una tajada de polenta, que comía entre clase y clase, en casa de una familia amiga.

El camino era largo y agotador, sobre todo cuando el sol abrasaba, llovía a cántaros, o azotaba la llanura un viento glacial. El santo para economizar zapatos, se los colgaba por los cordones a la espalda. Así, con los pies descalzos llegaba a la ciudad amurallada y fortificada, se calzaba y entraba en ella, pues descalzo no se podía presentar en el gimnasio.

Un día al atardecer, bajo una lluvia pertinaz, empapado se acerca a su casa. Su madre conmovida, sale a su encuentro, le abraza y le dice sollozando: “¡Qué dura es la vida!”. El santo, a sus once años responde: “Si no fuese así, no valdría nada ante el Señor, no serviría para ganar el cielo”.

Padua

Concluye su cuarto curso de Castelfranco, y Fusarini escribe al cardenal de Venecia, Jacobo Monico, nacido también en Riese, hijo de un herrero de aldea.

Un mes de ansiosa espera. El 28 de agosto de 1856 llega, por fin, la respuesta favorable. El niño pobre, y más Juan Bautista, y sobre todo, mamá Margarita, respiran hondo, rebosan alegría. En septiembre, el párroco le viste la sotana que su madre había adquirido empeñando en el Monte de Piedad de Castelfranco un viejo colchón.

El 15 de diciembre de aquel año, meses después de cumplir quince, José ingresaba en el seminario de Padua, acreditado desde hacía siglos y gloria del Bto. Gregorio Barbarigo.

Luto doloroso

Lágrimas amargas tuvo que llorar en su segundo año de estudios. A fines de abril de 1852, muere su padre. El corazón le sangraba pensando en la soledad de Margarita.

Los tres meses de estío los pasaba siempre en Riese acompañando a los suyos. Antes de volver al seminario, tenía que llamar con humildad y cierto rubor, a las puertas de los vecinos, y reunir el dinero necesario para sus pequeños gastos. Así lo hizo durante los ocho años que estudió en Padua.

El 18 de septiembre de 1858, Antonio Farina, obispo de Treviso, le ordenaba sacerdote en la catedral de Castelfranco. Mamá Margarita y sus hijas Teresa, Rosa y María, llenas de emoción, “estaban tan contentas –según dice una de ellas– que, les parecía haberse trocado en grandes señoras”.

El santo, a sus veintitrés años, no veía ante sí más que una meta:la gloria de Dios en la salvación de las almas, pero ignoraba sus altos destinos.

“Estos pobrecitos…”

En noviembre de ese año nombran a D. José Sarto coadjutor de Tombolo, un villorrio de campesinos sobrios y trabajadores. Un pueblín de familias numerosas, una estirpe sana y vigorosa dedicada al tráfico de ganado.

Jornada intensísima era la suya, incrementada cuando cinco años después el párroco, Antonio Constantini, tuvo que reducir su actividad. Los vecinos del pueblo se preguntan, admirados, cómo podía resistir trabajo tan agobiante y continuo.

El dinero que recibía iba siempre a parar a los menesterosos. “Estos pobrecitos –dice– lo necesitan más que mi madre. En cuanto a ella, el Señor proveerá. ¡La Providencia nunca falla!”.

Un día fue a Ciudadela a predicar. Le dan una “génova”, ochenta liras. “Ahora te comprarás algo”, le dice Constantini. Sarto responde: “¡La he dado casi toda!”.

La caridad del santo no conoce límites. Daba cuanto tenía y más de lo que tenía. Empeñaba con frecuencia su reloj para socorrer necesidades. Predica un sermón en un pueblo vecino, y le dan un “napoleón” de oro, veinte liras. Cuando vuelve a Tombolo, no le queda un céntimo. Lo poco que tenía no era suyo, sino de los más agobiados. Les decía con frecuencia: “Mientras yo tenga, comemos juntos”.

Párroco de Salzano

Nueve años han transcurrido para Sarto en Tombolo. El 21 de mayo de 1867, cuando iba a alcanzar treinta y dos años, le nombran párroco de Salzano, en la ubérrima llanura que, buscando las aguas del Adriático, se abre hacia las plácidas lagunas de Venecia.

Hombre de fibra enjuta, pero con la energía de Cristo en el corazón, no se cierra a nadie. Acude siempre, cuando le llaman, y con sagacidad y prudencia se presenta también cuando no le llaman, para decir a todos palabras de esperanza y consuelo.

Predica y confiesa, pero está persuadido de que un pueblo sin catecismo es como semilla sin agua, muere. Era su tarea más querida. “Os ruego y conjuro –dice a sus feligreses–, que vengáis al catecismo. Antes de faltar al catecismo, faltad a vísperas”.

D. Giuseppe, ante la indigencia no vacilaba. Los pobres eran su constante preocupación. Sus hermanas se quejaban porque no tenía medias, pero el santo respondía en seguida: “¡remendad las viejas!”. María le dice que le hace falta una sotana. “No tengo dinero”, fue su respuesta. No tenía medias ni dinero porque, como decía el pueblo, para los pobres tenía las manos agujereadas.

Rosa, una de sus hermanas, entra en la cocina. La olla que había puesto al fuego ha desaparecido. Se lamenta, y José la oye. “Ha venido un pobre –dice– que tiene mujer enferma y cuatro niños hambrientos. Le he dado la olla. No te inquietes, en cuanto a nosotros, el Señor proveerá”.

“He nacido pobre, he vivido pobre, y estoy seguro de morir pobrísimo”, podrá escribir con pulso firme y corazón sincero en su testamento, después de una vida ejemplar de desprendimiento.

Obispo de Mantua

El 28 de noviembre de 1875 Treviso le ve aparecer entre canónigos en el coro de la catedral. Los seminaristas estrenan un nuevo director espiritual. Descubren en él al pedagogo que amalgama fuerza y dulzura, energía y suavidad.

Cuatro años más tarde –tiene cuarenta y cuatro– los canónigos le eligen por unanimidad Vicario Capitular, al morir el obispo Francisco María Zinelli. Su mandato dura sólo medio año, hasta que nombran nuevo obispo.

Una mañana de septiembre de 1884 le estremece su nombramiento como obispo de Mantua. Se tapa el rostro con las manos y llora, mientras el obispo de Treviso le abraza diciéndole: “¡Acepte! ¡Es la voluntad de Dios!”. “No me faltaba más que esto”, susurra el santo.

El anillo episcopal se lo ha regalado el Papa de quien iba a ser, sin sospecharlo, sucesor. José se lo muestra a su madre en Riese. Ella le enseña el anillo de plata de su boda, y le dice: “No podrías llevar hoy ese anillo episcopal si yo antes no hubiese llevado este anillo esponsal”.

José llega a la ciudad de los Gonzagas el 18 de abril de 1865, apenas cumplidos los cincuenta años. Dos amores le inflaman: el amor a su Iglesia, de la cual se sentía pastor, y el amor a su pueblo, del cual se sentía padre.

Sarto sabía que la eficacia y el prestigio de la autoridad radican en saber suavizarla con la bondad. “Ser conciliador, pero sin sombra de servilismo”, era su divisa frente a los potentados. Se empeña, y lo logra, ser padre para todos.

En los nueve años que permanece en Mantua restaura el seminario, peregrina en visita pastoral por las cincuenta y tres parroquias de su diócesis, urge la enseñanza del catecismo, sustituye la música profana por la belleza y armonía del canto religioso e impulsa vigorosamente la Acción Católica. Amplitud de miras, ataca todos los frentes, pero su tarea predilecta es cuidar del seminario y atender a los sacerdotes.

Volvía de Roma, después de celebrar el cincuenta aniversario de la ordenación sacerdotal de León XIII. Al anochecer, mientras el tren corría, se preocupa del estado espiritual de Mantua. Le dice a su secretario, Juan Bressan, que convocará un sínodo diocesano y utilizará otros resortes humanos. De repente, después de una pausa, añade, pensando quizá en esquemas teóricos de pastoral, tan frecuentes cuando la exigencia evangélica se esfuma: “Pero, ¿de qué aprovechan los métodos, de qué sirven los caminos, cuando los hombres no tienen ánimo, ni fuerza para seguirlos? Lo que necesito son sacerdotes santos, llenos de amor a Dios y a las almas, prontos al sacrificio y a la inmolación de sí mismos. Santos sacerdotes es lo que necesita nuestro tiempo”.

Años adelante, siendo ya Papa, se da cuenta de que –en un mundo descreído– de poco sirven “santos sacerdotes”, si no hay laicos santos que sigan sus huellas. “¿Qué es lo más urgente hoy para la Iglesia y el mundo?”, preguntaba a unos cardenales. Las respuestas se suceden: escuelas, templos, sacerdotes, seminarios… Pío X menea la cabeza y, mirándolos, dice: “Lo más urgente hoy es que cada párroco tenga un núcleo de seglares virtuosos, cultos, intrépidos, verdaderos apóstoles”.

Patriarca de Venecia

León XIII, en el consistorio secreto de junio de 1893, le nombra cardenal. “Es algo que debe parecer increíble a todos, pues es increíble para mí mismo”. Tres días después, lo promueve al patriarcado de Venecia.

El 24 de noviembre de ese año, a primeras horas de la tarde, el santo surca las lagunas de Venecia antes de que las luces movedizas de las góndolas se iluminen. Al día siguiente, bajo las doradas cúpulas de su afiligranada catedral anuncia: “La misión que vengo a cumplir entre vosotros es restaurar todas las cosas bajo el imperio de Jesucristo”.

Es el mismo lema intrépido y luminoso que había orientado su fecundo episcopado en Mantua. Lo intensifica y perfecciona en Venecia en toda la variedad de sus múltiples direcciones.

Su corazón incansable sigue derrochando generosidad con los pobres. “Lo siento muchísimo –dice a uno–, pero no tengo un céntimo. Tome este pequeño crucifijo de marfil del angélico Pío IX”. Otro día, empeña su anillo para socorrer a un necesitado. “El primero de los pobres es nuestro patriarca”, dicen los venecianos.

“Soy indigno… ¡Olvidadme!”

El 20 de junio de 1903 León XIII –altura de genio y amplitud de inteligencia–, que había gobernado la Iglesia veinticinco años, moría en Roma. Seis días más tarde el cardenal Sarto partía para el cónclave sin sospechar los designios misteriosos de Dios. Una enorme multitud le despide en la estación al grito de “vuelva pronto”. “Volveré, vivo o muerto”, responde emocionado.

Avanzan las horas desde que el cónclave ha comenzado. La perspectiva de ser elegido papa se va haciendo más luminosa. “Soy indigno, soy incapaz. ¡Olvidadme! ¡Olvidadme!”, repite con lágrimas en los ojos. “Acepte, debe aceptar. Lo quiere Dios”, le dicen. El santo eleva su mirada al cielo y exclama: “Hágase la voluntad de Dios”.

En la mañana del 4 de agosto, al ser elegido papa, dice: “Si no es posible que pase este cáliz sin beberlo, hágase la voluntad de Dios. ¡Acepto el pontificado como una cruz! Los papas que más han sufrido se llamaron Pío, tomo este nombre”.

“¿Qué tiene este nombre…?”

Dos días después recibe a los diplomáticos. Al salir, saludan a Merry del Val, quien les pregunta sobre la audiencia. Estaban impresionados, y responden con monosílabos. El representante de Prusia se decide a preguntar a Merry: “Monseñor, ¿qué tiene este hombre que nos atrae tanto?” Todos, a coro, intervienen: “Sí, sí, sí, díganoslo”. El cardenal responde: “Atrae tanto, porque es un hombre de Dios”.

Sencillez de niño abandonado en Dios. Sencillez ingeniosa y serena salpicada de humor. Le visita una selecta y pretenciosa comisión de Palermo. Ha quedado vacante la archidiócesis, y quieren un obispo noble y doctor en Teología. Les responde: “Sé de un sacerdote que ni era noble ni doctor en Teología, y que fue párroco, canónigo, obispo y cardenal, y que fue elegido Papa. Es el Papa que ahora os habla”.

Los que le visitan y le tratan empiezan a equivocarse cariñosamente. Le llaman el Papa “santo”. Él corregía en seguida complacido: “No Papa santo, sino Papa Sarto”.

Intrépido y paciente, dará a la Iglesia uno de los pontificados más fecundos. “Restaurar todas las cosas en Cristo”, es el programa que anuncia en su primera encíclica, publicada dos meses después de la elección, el 4 de octubre. Sus tareas preferidas serán la Eucaristía –abre las puertas del sagrario a los niños–, la codificación del Derecho canónico, la condenación del modernismo, la restauración de la música sagrada y el impulso del apostolado laical, no sólo en lo religioso, sino en el mundo económico, político y social.

“Miremos al crucifijo”

El mayor sufrimiento vino de Francia, la hija mayor de la Iglesia. Ruptura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede el 30 de julio de 1904. El parlamento vota, año y medio más tarde, el 6 de diciembre de 1905, la separación entre al Iglesia y el Estado. Es el triunfo del laicismo. Pío X sabía que “la tribulación es la herencia de la Iglesia”, pero ahora queda anonadado.

Merry corre apenado al Papa después de la dolorosa visita de despedida del embajador de Francia. El santo comenta: “Miremos al Crucifijo. Él es nuestro camino y nuestra meta”.

“Nuestra desconfianza causa el retraso”

“Dios proveerá”, le gustaba susurrar desde niño. Una vez más comprueba la eficacia de esta súplica. Quiere crear el Instituto Bíblico para luchar contra el modernismo. Llama a un jesuita, el P. Funck. Le expone sus planes, y como carece de recursos, le dice: “Si tenemos confianza, se hará. Hagamos una novena al Corazón de Jesús, y vuelva al acabarla”. El padre vuelve al concluirla. Nada se había conseguido, pero el Papa le dice: “Hemos fracasado por no orar con confianza. Hagamos otra novena, y vuelva al acabarla”. La escena se reproduce siete veces más. Pío X le repite las mismas palabras. Empiezan por novena vez y dos días antes de acabarla un desconocido se presenta a Funck, y le dice: “El Papa quiere fundar una obra. Aquí tiene usted los millones que se necesitan. Quiero ser el único donante”.

El Padre corre al Vaticano, y el Papa, al enterarse, le dice: “Lo esperaba, tenía que ser, lo sabía con seguridad, como se espera la llegada de un tren, aunque traiga retraso. Aquí, nuestra desconfianza ha causado el retraso”.

“¡Daría en holocausto esta pobre vida mía!”

El 28 de julio de 1914 un nombre fatídico resonaba en la prensa: Sarajevo. Anunciaba el asesinato de Francisco Fernando, heredero del trono austro–húngaro y el comienzo de la I Guerra Mundial.

Noche y día Pío X lloraba y rezaba repitiendo: “¡Daría en holocausto esta pobre vida mía para impedir la matanza de tantos hijos míos!”. Lleno de tristeza, decía: “sufro por todos los que mueren en los campos de batalla. ¡Ay! ¡Esta guerra! ¡Comprendo que esa guerra será mi muerte!”.

“¡Me pongo en las manos de Dios!”

El 19 de agosto, por la mañana, se siente desfallecer. “¡Me pongo en las manos de Dios!”, exclama. Fueron sus últimas palabras. Pierde el habla aunque conserva su lucidez, y hacia el mediodía recibe los últimos sacramentos.

Cae tristemente la tarde. Estrecha su mano con la de Merry, su fiel colaborador en un adiós prolongado lleno de emoción y gratitud. Sonríe a sus hermanas María y Ana. Besa su pequeño crucifijo, y antes de amanecer cierra sus ojos cuando el reloj de la Basílica Vaticana marcaba la una y cuarto del 20 de agosto de 1914.

Once años de pontificado, y setenta y nueve de vida “escondiéndose en su propia nada y sabiéndose dejar a Dios”, como había definido al hombre humilde y sencillo S. Juan de la Cruz.

BIBLIOGRAFÍA

G. Dal–Gal, S. Pío X, Ed. Cristiandad, Barcelona 1954.

W. H. Hünerman, Pío X, La Llama Ardiente, Ed. Herder, Barcelona 1961.

J. M. Javierre, S. Pío X, Juan Flors, Editor, Barcelona 1961.

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