San Alfonso María de Ligorio. 1 de agosto.


Obispo y Doctor de la Iglesia, Fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas) (siglo XVIII)

Nombre: Alfonso María

Significado: Guerrero, del Germánico

Nacimiento: 27 de Septiembre de 1696. Nápoles, Italia

Muerte: 1 de Agosto de 1787. Nápoles

Proceso: Fue beatificado el 1816 por Pío VII ; Fue canonizado el 1839 por Gregorio XVI

Memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, que insigne por el celo de las almas, por sus escritos, por su palabra y ejemplo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo libros, en especial sobre teología moral, en la que es considerado maestro, para fomentar la vida cristiana en el pueblo. Entre grandes dificultades fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente iletrada. Elegido obispo de santa Águeda de los Godos, se entregó de modo excepcional a esta misión, que dejaría quince años después, aquejado de graves enfermedades, y pasó el resto de su vida en Nocera de’Pagani, en la Campania, aceptando grandes trabajos y dificultades.

Breve biografía

S. Francisco de Jerónimo es un insigne misionero jesuita. En 1696 coge en brazos a un recién nacido en Nápoles. Profetiza: “Este niño llegará a viejo. Será obispo. Realizará grandes obras por amor a Jesucristo”.

La predicción se cumple con exactitud matemática en su larga vida y después de su muerte. La Iglesia no sólo lo canoniza medio siglo más tarde en 1838, sino que lo apellida “celoso doctor apostólico” en 1870. Pío XII lo declara patrono de confesores y moralistas en 1952.

Noble alcurnia

José de Ligorio, capitán de las galeras reales, y Ana Cavaliere, de ilustre prosapia napolitana, acaban de contraer matrimonio. Viven en una deliciosa finca, Marianella, en los alrededores de Nápoles. En 1696 les nace Alfonso María. Es el primogénito de los siete hijos que florecerán en su hogar. Aventajará a todos sus hermanos en renombre y santidad. Algunos de ellos se consagraron también a Dios.

Inteligencia aguda y penetrante. Memoria pronta y tenaz. Espíritu claro y ordenado. Voluntad eficaz y poderosa. Alfonso es el mejor dotado de la familia. Síntesis equilibrada de cualidades humanas que pondrá al servicio del Señor. “En su larga carrera –afirma Tannoia, su primer biógrafo– no hubo minuto que no fuera para Dios y para trabajar en Su Divina Gloria. Juzgaba perdido todo lo que no fuera directamente a Dios y a la salvación de las almas”.

Niñez y adolescencia

A los siete años inicia el estudio de Humanidades Clásicas como cualquier joven noble de entonces. Se matricula en la Universidad a los doce. Cuando alcanza los dieciséis le revisten de la toga de doctor en ambos Derechos. Lenguas modernas, esgrima, música y pintura preparan a Alfonso para vivir y triunfar en el mundo. Años adelante, el santo nos dirá “que en todo esto no hacía más que obedecer a su padre”.

En la Congregación de Nobles y Doctores ingresa a los nueve años. Un jesuita, Pagani, será su director. Asceta y místico, era también un pedagogo realista. No quería que sus congregantes viviesen de ilusiones soñando un futuro llamamiento religioso o sacerdotal. Los troquelaba en el yunque de la propia abnegación.

Los forjaba en la vocación que Dios quería para ellos. El perfecto cumplimiento del deber diario, familiar o profesional. No los cultivaba en vivero o capillita segregándolos de los demás. En la palestra del contacto íntimo alma a alma, los enseñaba a pescar en alta mar capturando compañeros o amigos alejados de Dios. Los formaba así intrépidos y valientes para la futura vocación dentro o fuera del mundo.

Pagani sigue, pues, la pauta educativa marcada por S. Juan de Ávila. En una de sus cartas dice: “Jacob, enamorado de Raquel, sirvió siete años. Luego otros siete… Quien se quiere casar con la vida hermosa del recogimiento y oración devota, bien desea. Mas conviene primero que se case con la vida trabajosa y que se ocupe primero con prójimos, y después, perseverando, han de darle otra, cuando el Señor viere que cumple” (c. 55, BAC).

Alfonso, agradecido, recordará siempre la formación entonces recibida. Visitas a enfermos o encarcelados, enseñanza del catecismo. “Cuando un seglar me pregunta cómo se ha de santificar en el mundo, le respondo: hazte congregante y cumple con la Congregación”.

Militante laico

La década que corre entre sus dieciséis y veintisiete años marca impronta en su vida. 1713–1723 son para el santo años cruciales. Ligorio entra de lleno en el mundo, y después de tres años de ampliación de estudios debuta a los diecinueve como abogado. Anticipándose al Vaticano II y entroncando con los primeros cristianos santificará el mundo “desde dentro”, en y por la profesión.

Elocuencia diáfana y persuasiva, jamás pierde un pleito en sus ocho años de vida forense. Una clientela numerosa y selecta le asedia siempre. Amaba la profesión con toda el alma, pero la sofistería leguleya con sus engaños y falacias le repugnaba. “Nuestra profesión –dice a un colega– es muy desgraciada, y lo peor es que corremos el riesgo de condenarnos. Esta carrera no me conviene. Tendré que abandonarla para salvar mi alma”.

Alfonso va descubriendo la vanidad del mundo. “Créeme –dice a un amigo–, todo es locura: festines, comedias, conversaciones. Tales son los bienes del mundo. Cree a quien tiene experiencia y llora su desengaño”.

El santo, obedeciendo a su padre, frecuenta teatros y salones, pero siempre vacío y desengaño carcomen su corazón. “¡Oh mundo!, ahora te conozco bien”, se repetirá cuando frecuente diversiones, enseñe catecismo o visite a los enfermos. Laico ejemplar, cristiano coherente y sacerdote bautismal, conquista almas con su vida.

Un musulmán que sirve en su casa está asombrado. El santo abre interrogantes en su vida. Después de varios años se convierte. “La fe del señor –dice– tiene que ser la verdadera, pues su conducta es la mejor prueba”.

Nupcias fracasadas

Su padre ha decidido encumbrarle a la gloria de la sangre y de la nobleza. Quiere casarle con la heredera de los príncipes de Presicio. Es hija única, y acapara títulos y bienes de la familia. Convenció al padre, pero ella se obstina en no casarse, y al poco tiempo se esfumaba yendo a un claustro.

El padre vuelve a la carga. Ahora es la hija de los duques de Presenzzano, pero el nuevo proyecto matrimonial fracasa también. José de Ligorio no desiste. El santo, para complacerle, participa en fiestas de sociedad, y empieza a aficionarse a la caza. “Corría el riesgo –dirá más tarde– de arrojarme al abismo si Dios no me sacara, sin pensarlo, de aquel sueño peligroso”.

Error providencial

Tiene veintiséis años en 1723. Un pleito célebre acapara la atención de Nápoles. El santo defiende al duque Orsini frente al gran duque de Toscana. Alfonso estudia a fondo el asunto y se presenta ante el tribunal seguro del triunfo, pero Dios oteaba más lejos. La sala rebosa de juristas y curiosos ávidos de emociones. El santo perora con maestría y habilidad pasmosas. Se orienta seguro en el dédalo intrincado de leyes complicadas. La concurrencia empieza a felicitarle por el triunfo. El abogado del Gran Duque interviene entonces: “Esta argumentación tan brillante –dice– es falsa, y lo comprobarás si lees este documento”. Alfonso lo recoge. Muchas veces lo había leído y estudiado, pero de repente ve una cláusula hasta entonces inadvertida que da la victoria a su contrincante. Palidece, su voz se anuda en la garganta, se le cae el papel de las manos, y dice: “Me he equivocado”. Huye avergonzado de la sala. Un descuido involuntario y providencial será el remate de su conversión. Una vez más, Dios utiliza la misma táctica amorosa para desenganchar almas del mundo y unirlas a Él.

“Alfonso, deja el mundo”

El fracaso se comenta en todo Nápoles. El santo se encierra tres días en su casa. Llora y no toma ningún alimento. Ha comenzado una batalla en que Dios se apuntará el triunfo. Una terrible lucha interior le desgarra durante tres meses. “Así no se puede vivir”, murmura en su interior.

La tristeza y el desengaño le torturan. Decide olvidarse de sí consolando a otros. Es el momento en que Dios, siempre al acecho, se comunica mejor a las almas.

Alfonso practica lo que le habían enseñado en la Congregación de Nobles. Visita enfermos. Se dirige al Hospital de los Incurables. Mientras los consolaba, oye una voz que le llama por su nombre: “Alfonso, deja el mundo y vive sólo para Mí”. Sale corriendo del hospital. En la puerta vuelve a oír las mismas palabras. Rendido, al fin, exclama: “Señor, ya he resistido bastante a tu gracia. Haz de mí lo que quieras”.

La Virgen

Regresa a su casa lleno de emoción. En el camino encuentra la iglesia de la Merced. Entra, se arrodilla, y ante el altar hace voto de abandonar el mundo. Antes de salir, se postra ante la imagen de María. Como S. Ignacio en Montserrat, deja allí su espada de caballero.

Ternura y confianza en María rebosarán sus escritos. Poesías y canciones a la Virgen brotarán de su corazón agradecido. Nunca, sin embargo, sacrifica la verdad al corazón. “El verdadero devoto de la Virgen, se salva”, escribirá. En sus misiones no dejará nunca el sermón de la Señora, porque “la experiencia ha enseñado ser necesario para inspirar confianza al pecador”.

Días antes de su muerte preguntará al Hermano que le asiste:

–”¿Hemos rezado el Rosario?”

–”Sí, Padre”.

–”No me engañe, que del Rosario depende mi salvación”.

“Hijo mío, ¿me vas a dejar?”

Alfonso, tembloroso, comunica a su padre su resolución. José esgrime el mejor argumento para que su hijo desista. No lo había utilizado nunca. Llorando se le echa al cuello, y abrazándole con el corazón enternecido le dice: “Hijo, hijo mío, ¿me vas a abandonar?”. Tres horas dolorosísimas dura la lucha entre la sangre y el espíritu. La Virgen, triunfadora en cien batallas, se apunta nueva victoria.

El santo, cumplidos sus veintisiete años, empieza en 1723 estudios eclesiásticos. Tres años más, y es ordenado de sacerdote a los treinta. Recorre incansable los suburbios de Nápoles, pueblos y aldeas del reino, sus “capelle serotine”. Cuando el día declinaba se reúnen multitudes al aire libre, ansiosas de aprender el catecismo.

Son los primeros escarceos de su pasmosa actividad apostólica. Cristalizarán en prodigiosa vida misionera, y cimentarán su vocación de fundador.

Amalfi

En la deliciosa costa de Amalfi se encuentra a los treinta y seis años. Un pueblecito, Scala, será epicentro de su irradiación misionera. La Congregación de Nobles le ha preparado para este apostolado intrépido. Se adentra en las aldeas rodeadas de ásperas e inhóspitas montañas. Capta, como S. Vicente de Paúl cien años antes en tierras de Picardía, la ignorancia religiosa de aldeanos y pastores. Se aplica el lema evangélico: “he sido enviado a evangelizar a estos pobres”.

Dios interviene de nuevo. Le quería como a Paúl formador y padre de misioneros. Una santa religiosa, Celeste Crostarosa, que vivía en Scala, había recibido esta revelación. Asesorado por su director y seguido de algunos compañeros, funda el 9 de noviembre de 1732 la Congregación del Santísimo Redentor para “seguir a Jesucristo por pueblos y aldeas, predicando el Evangelio en misiones y catecismos”.

Una nueva familia había nacido en la Iglesia: los Redentoristas. Una familia que quiere imitar al Salvador evangelizando y contemplando. Una familia misionera y adoradora. Es lo que Alfonso había hecho, y seguiría haciendo hasta su muerte.

Más de ciento veinte obras… y el voto de no perder…

La época más fecunda y plena del santo se inicia entonces. Recorre durante treinta años las provincias del reino con sus equipos de misioneros. Toma por asalto, con valentía e intrepidez, pueblos y ciudades. No escatima tiempo. Se detiene semanas, quincenas, meses, para que el Evangelio llegue a todos. Mantiene correspondencia numerosa con sacerdotes, párrocos, obispos y misioneros.

Agotado por tantos trabajos, sus pies cansinos se resisten a caminar. Se acuerda entonces de sus manos y empuña la pluma como arma de combate. Está convencido de que las masas, bautizadas o no, necesitan, entonces como ahora, mucha instrucción religiosa. Aprender a rezar y meditar. “El que reza se salva, el que no reza se condena”, es su gran convicción. El slogan que repite siempre. Aparecen así, Las visitas al Santísimo y Las Glorias de María. Siguen La preparación para la muerte, El gran medio de la oración, La práctica del amor a Jesucristo, e infinidad de opúsculos.

La Teología moral, La práctica del confesor, El homo apostólicus y muchos estudios apologéticos completan su producción literaria. Más de ciento veinte obras editó mientras se movía en continua actividad apostólica. El voto de no perder un minuto, su ingente capacidad de trabajo y, sobre todo, su gran amor a Jesucristo, nos dan la clave que descifra el enigma de su pasmosa fecundidad.

Orador, apologista, místico y poeta, sus obras ascéticas y espirituales irradian amor y confianza en Dios. Sus Meditaciones de la Infancia y Pasión del Señor, y sus Cantos espirituales siguen enfervorizando almas y encendiendo corazones.

Santa Águeda

En 1762 alcanza sesenta y seis años. Es nombrado obispo de Sta. Águeda de los Godos, pequeña ciudad entre Capua y Benevento, al pie del monte Taburno. Trece años durará su episcopado. Lleva por dos veces la santa misión a todos los pueblos de la diócesis y él mismo predica el sermón de la misión, el de la Virgen.

Los sábados habla siempre en la catedral en honor de María. Reforma seminario y clero, vende su coche y anillo para socorrer a los pobres que le asedian. Prosigue su actividad literaria, que ahora se orienta a refutar los ataques de la nueva filosofía contra la fe, la Iglesia y el Papa. Su defensa es constante y eficaz. Habla y actúa en favor de la Compañía de Jesús, disuelta por Clemente XIV, presionado por las Cortes Borbónicas.

Pío VI, tras repetidas instancias del santo a los papas anteriores, le alivia por fin en 1775 de su cargo pastoral. Vuelve con alegría a los suyos, pobre, como pobre había salido. Se recluye en su celda de Pagani entre sus Hermanos redentoristas.

“Señor, lo que Tú quieras…”

El gozo que le proporciona el retorno, se convierte casi en seguida en dolor. La paz, el amor, la cordialidad faltaban entre sus antiguos discípulos. Rivalidades e intrigas entre ellos. Le acusan de haber cambiado las Constituciones de la Congregación, de haberse dejado engañar por el regalismo dominante, de hacer más caso a la corte de Nápoles que a la autoridad pontificia.

Los rebeldes triunfan. Pío VI decreta la separación de Alfonso de la Congregación y de sus más fieles compañeros. “Hace seis meses que hago esta sola oración: Señor, lo que Tú quieras, lo quiero yo también”. Mientras la verdad se esclarecía, espera repitiendo: “Voluntad del Papa, voluntad de Dios”.

“Me dirijo a Dios y al momento veo…”

La oscuridad se entenebrece más. Al abandono de sus propios hijos y hermanos, se une el rechazo de Dios. La sequedad que siendo joven había sentido se presenta de nuevo. Es la noche del alma.

Se cree al borde del infierno, y en toda su vida no encuentra más que pecados. Todos sus trabajos y obras le parecen tiempo perdido. Bajo la ilusión de los escrúpulos sus actos más sencillos se convierten en pecados horribles. El gran moralista que había iluminado tantas almas, camina ahora tembloroso. Ciego, a tientas, sin poder dar un paso, sin la ayuda de los demás. “Me dirijo a Dios y al momento veo una mano que me rechaza. Si digo: Jesús mío, te amo, una voz implacable me responde: no es verdad”. Nonagenario casi, pasa así dos años.

“Yo quiero ver a Jesús”

Rompe al fin la aurora y la luz le inunda. A los temblores y el miedo, suceden las emociones del éxtasis. La paz le inunda y sólo anhela unirse a Cristo. Al que le cuida, dice:

“Hermano, yo quiero ver a Jesús. Bájeme a la Iglesia, se lo suplico”.

–”Monseñor –dice el Hermano– allí hace mucho calor”.

–”Sí, Hermano, pero Jesús no busca el fresco”.

Ocho días antes de su muerte le visitan sus sobrinos José y María Guzmán, su esposa. Les da emocionado, un último consejo: “Salvad vuestras almas”. Era la frase que con tanto fervor e insistencia había repetido en confesiones y púlpitos durante más de cincuenta años.

“Dadme a Jesucristo”

Uno de los que le asisten nos dice: “Sentado en un sillón, apenas podía moverse. Cuando rezaba se elevaba del asiento y su cuerpo parecía tener la ligereza de una pluma”. Eran los primeros tanteos de un vuelo definitivo. Paz soberana irradian sus ojos.

Serenidad inefable y contagiosa. Alguien le pregunta antes de morir: “¿Tiene alguna inquietud?”. Responde: “ninguna”, y extendiendo sus brazos añade: “Dadme a Jesucristo, traedme a Jesucristo”. Es el 1 de agosto. Muere al toque del ángelus. Noventa años diez meses y cinco días de peregrinación amando y esperando ver a Dios cara a cara como Él es.

Fuente: http://www.archimadrid.es

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