El Espíritu Santo y sus clases particulares


Imagínate que los primeros días de colegio, en el primer curso, con tus seis años, el profesor te hubiese dicho todo lo que tenías que aprender en tu vida de estudiante: conocer toda la historia del país y mundial, logaritmos, ecuaciones, música, traducción del latín, ríos, leyes físicas, tablas de valencias y reacciones químicas, raíces cuadradas, redacción…

El efecto en los pobres niños podría ser:

a) en los responsables y cumplidores: agobio, sensación de impotencia, de no poder y de desánimo.

b) y en el resto: el resultado sería de no entender y pasar. “Eso no es lo mío, y no me importa; ¡el profesor está loco!, vamos a divertirnos y no le hagamos demasiado caso”.

Sin embargo, todo ese “imposible” de aprender tantas cosas resulta llevadero y extraordinariamente fácil: no tienes más que ir atendiendo, escuchando y dejándote llevar por lo que los profesores van explicándote día a día. Se empiezan haciendo barrotes, luego letras y finalmente palabras… se aprende a leer y a escribir, sumas, restas, fracciones, ecuaciones… y con muchos pequeños esfuerzos bien dirigidos por el profesor uno acaba sabiendo todo.

Con frecuencia nos ocurre lo mismo a los cristianos: nos proponen desde el principio ser santos y ser como Jesucristo -nuestro Modelo-, otros Cristos; nos cuentan impresionantes historias y anécdotas de santos y mártires. Y pienso que el efecto es el mismo que en los niños de antes:

a) agobio y sensación de impotencia, de no poder y de desánimo, en los que quieren.

b) y en el resto, la reacción es no entender y pasar: ¡esto no es lo mío y no me importa!

¿Te encuentras en uno de los grupos? ¿en cuál?

Planteárselo así es un error.

Entiéndelo bien. Mi alma, tu alma, es un aula en la que tú eres el único alumno. Y tienes un profesor particular, el Espíritu Santo, que te va explicando en cada momento lo que tienes que hacer. Y va lección a lección: barrotes, una letra, otra, te enseña a leer y escribir… y si le sigues la clase particular, con muchos pequeños esfuerzos, acabas siendo un verdadero santo, acabas siendo el mismo Cristo.

¿Y cuándo da esas lecciones? Quizá pienses que tú no has tenido todavía ninguna clase particular. Y seguro que no es así.

Las lecciones las da cuando él quiere. Y las da dentro de ti: en tu conciencia.

Insinúa  que eso lo puedes hacer mejor;

en su momento te recuerda un propósito para que lo realices;

te da la idea de hacer un favor a un amigo o ayudar en casa en una cosa concreta;

hace que se te ocurra hablar con un amigo diciéndole una cosa que le pueda ayudar;

te advierte que evites una situación que te pueda venir mal;

te recuerda que tienes que ponerte a estudiar o no interrumpir el trabajo porque no está terminado;

te recuerda que te peines, te limpies los zapatos o dejes ordenado ese libro;

te sugiere hacer un sacrificio concreto;

te ofrece la posibilidad de entregarle la vida de un modo concreto;

te da un toque haciéndote ver que estás dejándote llevar por la soberbia o el amor propio;

te grita que lo que haces es egoísmo puro;

te da la alegría o satisfacción de haber hecho eso bien;

te anima a que seas generoso; te avisa que puedes o debes confesarte ahora…

Esas son las lecciones que él da directamente en el alma. Aparte, da otras muchas lecciones para las que sirve de instrumentos, de otras personas: el consejo de un familiar, el ejemplo de un conocido, la conversación con un amigo, lo que te dicen en una confesión o en la dirección espiritual, una homilía, algo que lees o que ves por la calle…

Y mira lo que dice el Evangelio:

Los que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los verdaderos hijos de Dios. (Juan 20,22)

Texto extraído del libro “Espíritu Santo” de José Pedro Manglano. Ediciones Cobel. http://www.manglanitos.es

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